Rascacielos en la electrificante Tokyo, templos en Kamakura, jardines zen en Kioto y el parque de Nara. Un viaje iniciático por un destino de tendencia
Si vamos a emprender nuestro primer viaje a el país nipón, lo mejor es limitarse. El primer dato a tomar en consideración es que se trata de un archipiélago de más de seis mil ochocientos islas que, en conjunto, ocupa una superficie de trescientos setenta y ocho mil quilómetros cuadrados. En esos territorios desperdigados, en los que conviven embrolladas megápolis con distritos o bien aldeas que semejan anclados anteriormente, viven ciento treinta millones de personas con opiniones, costumbres, gastronomías y etnias locales muy distintas, lo que implica que el viajante prudente debe abandonar a priori a toda intención de exhaustividad. Eso sin contar con el choque cultural que experimenta inevitablemente el visitante occidental frente a los comportamientos rutinarios, desde el protocolo implícito de inclinación que adoptan para las reverencias con las que los nipones saludan o bien expresan respeto (leve —eshaku— entre amigos, mayor —keirei— para los mayores o bien jefes y todavía más inclinada —saikeirei— para excusarse o bien dar las gracias) hasta el elaborado empleo del lenguaje anatómico, el gusto por la utilización de uniformes o bien la compleja tecnología de los váteres. Pese a que la globalización ha propiciado un planeta más homogéneo, la verdad es que en el país nipón el viajante no cesa de sorprenderse jamás.